Mostrando entradas con la etiqueta malas prácticas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta malas prácticas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de marzo de 2013

ILUMINANDO EL RECIBO DE LA LUZ

Aunque nunca fue mi intención escribir un blog de actualidad es inevitable que ésta acabe influyendo en los temas a tratar. Así, la inmensa mayoría de las entradas publicadas hasta el momento (y la mayoría de las que vendrán) abordan el tema de la crisis.

Sin embargo, después de publicar por entregas mi artículo sobre la crisis de las hipotecas subprime y antes de centrarme en otros aspectos de la crisis, me ha parecido bien cambiar de tercio y abordar algún tema cotidiano pero poco conocido por la mayoría de la gente… ¿Qué os parece si hablamos de la factura de la luz?

Este tema se me ocurrió hace una semana, cuando leí la noticia de que el recibo de la luz bajará en abril un 6’7%, una excelente noticia dado el historial de subidas de la factura de la luz (más de un 70% de aumento en los últimos seis años) y que los españoles pagan el recibo de la electricidad más caro de Europa, solo superado por el de Malta y el de Chipre (sí, habéis leído bien, Chipre). Pero no lancéis las campanas al vuelo, porque el descontrol del sector energético español es coloshal, como diría Mariano Rajoy, y lo único que nos espera a largo plazo son subidas sobre subidas a menos que se tomen medidas drásticas de reordenación del sector.

Pero no divaguemos, el objeto de esta entrada es explicar de la forma más sencilla posible las distintas partidas que se incluyen en la factura de la luz. Para ello, nos basaremos en un recibo real de la compañía Iberdrola. Es posible que el nombre de los conceptos que voy a explicar cambie de una compañía a otra, pero básicamente son los mismos. Si tenéis una factura a mano, cogedla e ir repasando los distintos conceptos uno por uno a medida que los vaya explicando... ¡Comenzamos!

  1. Potencia contratada: es una cantidad fija a pagar se consuma o no, también denominada “término de potencia”. Depende de la potencia contratada por el cliente, y se obtiene multiplicando dicha potencia por un coeficiente fijado por el gobierno. En principio, garantiza que el usuario podrá utilizar toda la potencia contratada cuando la necesite. Cuando un cliente contrata muy poca potencia, es normal que se le vaya la luz si conecta el aire condicionado y la plancha al mismo tiempo.
  2. Energía consumida: se corresponde con el consumo de electricidad. Se obtiene multiplicando los kilowatios consumidos por su precio unitario. El precio unitario del kilowatio que se cobra a las familias se denomina Tarifa de Último Recurso (TUR). Igualmente, las compañías que suministran electricidad a los consumidores reciben el nombre de Compañías Comercializadoras de Último Recurso. Técnicamente, la tarifa de último recurso es el precio de la electricidad suministrada a aquellos usuarios que tengan contratada una potencia máxima de 10 kilowatios (en la práctica, es la tarifa que se cobra a las familias, puesto que las empresas contratan más potencia). La Tarifa de Último Recurso es revisada y aprobada por el gobierno.
  3. Impuesto sobre Electricidad: es un impuesto especial, similar a los que soportan el tabaco, el alcohol y la gasolina. Se aplica tanto al consumo como a la potencia. En principio, lo implantó el gobierno de José María Aznar en 1997 como medida temporal para financiar la reconversión del sector minero, pero hace tiempo que se considera un impuesto permanente. Es un impuesto cedido a las Comunidades Autónomas.
  4. Alquiler equipos de medida: es la cantidad que cobran las compañías eléctricas por la cesión y el mantenimiento de los contadores.
  5. IVA: nuestro querido impuesto sobre el valor añadido no necesita presentación. En septiembre de 2012 pasó del 18% al 21%. Un detalle interesante que a mucha gente se le pasará por alto es que el IVA grava TODOS los aspectos anteriores. Es decir, también grava lo que hayamos pagado en concepto de impuestos especiales. Que el IVA grave el consumo de bienes y servicios me parece fastidioso pero lógico; que grave el pago de impuestos indirectos me parece una sinvergonzonería y una inmoralidad.

sábado, 2 de marzo de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO III)

LA TITULIZACIÓN

donde se cuenta cómo los bancos crearon "paquetes" donde metieron las hipotecas que habían concedido y los vendieron por todo el mundo, distribuyendo a lo largo y ancho del mundo hipotecas que habían concedido a personas sin empleo ni recursos económicos.


Los bancos ofrecían tantos créditos que empezaban a quedarse sin liquidez. Como se representaba en la figura 1 (capítulo 1), los bancos conceden préstamos con el dinero que las familias les ceden en forma de depósitos. Sin embargo, el boom hipotecario era de tal magnitud que no bastaba con los depósitos de las familias. Para conseguir recursos, los bancos acudían al mercado interbancario, en el que se prestan dinero unos a otros, y como todos los bancos estadounidenses estaban inmersos en la fiebre inmobiliaria, eran bancos de otros países los que les suministraban los recursos que necesitaban.

Además, los bancos norteamericanos comenzaron a incumplir las Normas Contables de Basilea, según las cuales los préstamos concedidos por un banco no pueden superar un determinado porcentaje de su balance. Para cumplir esta normativa y conseguir la liquidez que necesitaban para seguir concediendo préstamos, recurrieron a la titulización.

Los bancos crearon unos productos financieros denominados CDO (Collateralized Debt Obligation -Obligaciones de Deuda Colateralizada-). Los CDO eran unos "paquetes" donde se incluían hipotecas de todo tipo junto a otros activos bancarios (préstamos para el consumo, créditos a estudiantes, etc.). Los CDO formados por hipotecas se denominaron MBS (Mortgage Backed Securities -Obligaciones Garantizadas con Hipotecas-) y, como cualquier activo financiero, eran títulos negociables (de ahí que el proceso se denominara titulización). Los bancos vendían inmediatamente estos paquetes MBS a unas entidades denominadas conduits (entidades "vehículo"). De esta forma, entraba liquidez en los bancos y éstos transferían los riesgos fuera de sus balances.

Sin embargo, los conduits no eran más que entidades filiales (normalmente fondos de inversión) creadas por los propios bancos para escapar a la normativa contable que sólo afectaba a las entidades bancarias. Es decir, se trataba de una estratagema para "blanquear" las cuentas de los bancos y cumplir la normativa internacional. Aún peor, los conduits aumentaron el riesgo soportado por el sistema, ya que pedían créditos a otros bancos para conseguir el dinero con el que comprar los paquetes MBS, con lo que aumentaban aún más el endeudamiento de los bancos.

El propósito de los conduits era vender rápidamente los MBS que tenían en su poder, generando así una nueva fuente de beneficios. Para ello, recurrieron a los servicios de los bancos de inversión, que los vendieron a otros bancos, fondos de inversión, fondos de pensiones, sociedades de capital riesgo, aseguradoras, etc. A su vez, estas entidades vendían y revendían estos paquetes, que acabaron distribuyéndose por todo el mundo. A menudo, los bancos de inversión elaboraban paquetes CDO que contenían otros paquetes CDO y MBS, de modo que al final nadie sabía a ciencia cierta el producto que en realidad estaba comprando.

Las agencias de calificación jugaron un papel crucial certificando la seguridad de estos CDO y MBS. Las agencias de calificación son empresas que se dedican a dar una valoración (una "nota", para entendernos) a los productos que se intercambian en los mercados financieros. A menudo, estos productos son tan complicados y resulta tan complejo investigar quién los emitió que no es fácil saber si es arriesgado invertir en ellos. Al calificar estos productos, las agencias de calificación facilitan la toma de decisión de cualquier persona o entidad que se esté planteando invertir en ellos.

La valoración más alta dada por estas agencias es la calificación AAA, que era fácilmente obtenida por las hipotecas de más calidad. Sin embargo, los CDO y MBS contenían muchas hipotecas subprime cuya calificación tendría que haber sido muy negativa al tratarse de operaciones muy arriesgadas. Aun así, las agencias de calificiación dieron su sello de aprobación a estos productos  calificándolos con la máxima nota, y esto animó a fondos de pensiones y de inversión y a bancos de todo el mundo a comprar estos paquetes.

Para explicar la actuación tan deficiente de las agencias de calificación debemos volver a mencionar el problema de los incentivos. Al igual que en el resto del sector financiero, los incentivos de las agencias de calificación estaban muy distorsionados: quienes pagaban a las agencias de calificación eran precisamente los bancos que creaban los paquetes que había que calificar. La competencia entre las distintas agencias hizo el resto: si una agencia de calificación no daba la nota que se pedía, los bancos de inversión podrían recurrir a una de sus competidoras [1].

Para agravar el problema, las agencias de calificación descubrieron una nueva forma de obtener ingresos: proporcionar servicios de consultoría (por ejemplo, cómo conseguir la codiciada calificación AAA). Así, las agencias ganaban dinero explicando a los bancos de inversión cómo conseguir buenas calificaciones y, a continuación, ganaban aún más dinero otorgando esas calificaciones [2].

De esta forma, cientos de bancos y millones de personas en todo el mundo invirtieron en estas hipotecas o en sus productos derivados creyendo que se trataba de una inversión segura. En gran medida, todo fue posible gracias a que las autoridades financieras habían relajado la supervisión y la regulación de los mercados financieros.



viernes, 1 de marzo de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO II)

LA GESTACIÓN DE LA BURBUJA INMOBILIARIA

donde se cuenta cómo unos tipos de interés demasiado bajos y una conducta imprudente por parte de los bancos hincharon una burbuja inmobiliaria y subieron los precios de la vivienda hasta niveles estratosféricos.


En 2001 explota la burbuja puntocom. Entre marzo de 2000 y octubre de 2002, el precio de las acciones de las empresas tecnológicas cae un 78% (una acción que en marzo de 2000 costara 50 €... ¡sólo costaba 11 € en octubre de 2002!). Estas pérdidas afectan al resto de la economía estadounidense, puesto que gran parte de las inversiones se habían realizado en el sector de la alta tecnología y quedaron paralizadas. En marzo de 2001, Estados Unidos entra en recesión.

Los ingresos de la mayoría de los estadounidenses llevaban mucho tiempo estancados, así que no podía esperarse que el consumo de las familias reactivase la economía (entre 2000 y 2008 la mediana de ingresos de las familias estadounidenses -la cantidad de ingresos tal que la mitad de la población recibe unos ingresos superiores y la otra mitad unos ingresos inferiores- disminuyó un 4%) [1]. Las rebajas de impuestos a las clases más altas aprobadas por la administración Bush no sirvieron para reactivar la economía, por lo que la carga de devolverla a sus anteriores niveles de empleo recayó en la Reserva Federal [2], que bajó los tipos de interés del 6'5% en el que estaban en 2001 hasta el 1% en 2003 [3].

Tener un hogar en propiedad ha sido siempre un elemento característico del sueño americano. Cuando los bancos empezaron a ofrecer hipotecas baratas, muchas personas se apresuraron a alcanzar ese sueño y se desató una auténtica fiebre inmobiliaria. Más de cuatro millones de personas se convirtieron en propietarios. Hasta tal punto llegó el desajuste al que condujo esta fiebre inmobiliaria que entre dos tercios y tres cuartos del PIB [4] estadounidense estaba relacionado con la vivienda.

Con tanta gente comprando viviendas, es normal que sus precios comenzaran a experimentar aumentos vertiginosos. De este modo, lo que acabaron haciendo los bajos tipos de interés fue sustituir una burbuja tecnológica por una burbuja inmobiliaria. Una burbuja es una situación en la que los compradores de un bien creen que los precios del mismo van a subir indefinidamente y que será muy rentable comprarlo pensando sólo en venderlo con mayor o menor rapidez.

A corto plazo, una burbuja puede ser una fuente de cuantiosos beneficios para las partes involucradas en la compra-venta del bien. En efecto, a medida que subían los precios de la vivienda, los propietarios podían hacer dinero con su casa, los promotores y constructores se enriquecían con la venta de un bien que se revalorizaba continuamente y los bancos concedían miles de hipotecas, una operación sencilla de la que se extraen jugosas comisiones y que no tenía riesgo alguno al estar garantizada por bienes cuyo valor no paraba de crecer.

Un buen producto hipotecario habría tenido unos bajos costes de transacción y habría ayudado a la gente a gestionar el riesgo de comprar una vivienda. Sin embargo, como hemos visto, no eran esos los productos que ponían en circulación los bancos estadounidenses; al contrario, crearon unas hipotecas con elevadas comisiones y que incitaban a los compradores a correr más riesgos de los necesarios.

Con todo, el beneficio de cada hipoteca era menor de lo deseado dados los bajos tipos de interés. Aprovechando el boom inmobiliario, las entidades bancarias intentaron compensar los bajos márgenes aumentando el número de operaciones y vendiendo el mayor número posible de hipotecas (además, se generalizó la práctica de ofrecer hipotecas del 100%, ya que con las expectativas de subidas del precio de la vivienda, en pocos meses las casas valdrían más que las hipotecas sin mayor problema).

Buscando ampliar su mercado, comenzaron a ofrecer hipotecas a personas poco solventes, sin empleo fijo y con pocos recursos económicos. Hipotecas que eran por tanto mucho más arriesgadas, pero también mucho más rentables por los tipos de interés más altos que se exigían por ellas [5]. De nuevo, los posibles riesgos se compensaban con las expectativas de futuras subidas del precio de la vivienda (si una de estas hipotecas resultaba impagada, con vender la casa se recuperaría el dinero prestado e incluso se obtendría un beneficio). En contraposición a las hipotecas prime, que eran las más seguras, estas hipotecas con mayor riesgo de impago se denominaron hipotecas subprime. Hoy en día, también reciben el muy ilustrativo nombre de hipotecas basura.

Los sistemas de incentivos de los bancos contribuían a hinchar la burbuja, pues sus empleados ganaban generosas primas por hipoteca contratada. Es decir, los incentivos se centraban en la cantidad de hipotecas contratadas, no en su calidad. De este modo, se produjeron ingentes cantidades de hipotecas basura. Y la búsqueda por parte de los bancos de nuevos clientes con los que contratar hipotecas no hizo sino hinchar cada vez más la burbuja inmobiliaria.

Aun así, durante unos años las cosas fueron bien para los bancos y para la economía en general. La gente iba pagando los plazos de sus hipotecas, y con el dinero que habían recibido gracias a las hipotecas del 100% aumentaron su nivel de consumo (comprando cohes, contratando vacaciones, amueblando su casa, etc.); con esta reactivación de la economía, las personas que habían contratado hipotecas subprime lo tenían muy fácil para encontrar un trabajo eventual que les permitiera seguir pagando su hipoteca. Sin embargo, todo se basaba en el supuesto de que los precios de la vivienda seguirían subiendo.



jueves, 28 de febrero de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO I)

NOTA: tras una larga interrupción, retomo la publicación por capítulos del artículo que escribí hace más de un año sobre la crisis de las hipotecas subprime. Como hace dos meses que publiqué la última entrega, vuelvo a empezar por el primer capítulo para aquellos que no lo leyeran en su momento (no creo que haga falta volver a publicar la introducción del artículo, así que entramos directamente en materia). Esta vez, prometo publicarlo completo en menos de dos semanas. Palabra. Sonrisa

EL SISTEMA FINANCIERO ANTES DE LA CRISIS

donde se cuenta a grandes rasgos cómo funcionaba el sistema financiero antes de que se gestara la crisis y cómo los grandes bancos estadounidenses llevaron a cabo una actividad encaminada a reducir la regulación de los mercados financieros para conseguir mayores beneficios, lo que incrementó el riesgo del sector.


A los economistas les gusta llamar al sistema bancario el corazón de la economía, ya que bombea dinero allá donde se necesita. En efecto, los bancos cumplen una función de intermediación entre familias y empresas, canalizando el ahorro de las familias hacia las necesidades de financiación de las empresas:
  • por un lado, las familias depositan sus ahorros en los bancos, que a cambio les pagan un interés por ello.
  • por otro lado, con el dinero que las familias han depositado en ellos, los bancos conceden a las empresas los préstamos que necesitan para realizar sus inversiones, y a cambio les cobran un interés por ello.
El interés que los bancos cobran por los préstamos que conceden es mayor que el que pagan a las familias por sus depósitos. La diferencia entra ambos se denomina margen de intermediación y es la base del beneficio de la actividad bancaria. Esta labor de intermediación de los bancos queda representada en la siguiente figura:

La función que desarrollan los bancos es esencial. Teóricamente, las empresas podrían ponerse en contacto con las familias para pedirles el dinero que necesitan para desarrollar su actividad (y de hecho hay muchas formas de hacerlo [1]), pero la participación de los bancos aporta grandes ventajas. Por citar sólo algunas: los bancos proporcionan mecanismos de pago rápidos y eficaces (transferencias, pagos con cheques y tarjetas, etc.) y están mejor preparados que las familias para saber si se puede confiar en una empresa a la hora de prestarle dinero, por lo que gracias a ellos el capital de las familias se dirige a aquellos proyectos en los que resulte más productivo y beneficioso.

Si los bancos hacen bien su trabajo, proporcionan dinero para crear nuevas empresas y expandir las ya existentes, se crea empleo, la economía crece y el banco obtiene beneficios. Sin embargo, es evidente que en los últimos tiempos no ha sido así. La actividad bancaria ha cambiado mucho en las últimas décadas, y el señuelo de los beneficios fáciles y astronómicos desvió la atención de la mayoría de los bancos de sus funciones esenciales.

Durante las secuelas de la Gran Depresión, el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt puso en marcha una política intervencionista a la que se denominó New Deal con el objeto de sostener a las capas más pobres de la población y dinamizar la economía. Muchas de sus actuaciones trataron de fijar una estricta regulación en los mercados financieros para poner coto a las conductas imprudentes y/o especulativas. Fruto de esta nueva regulación se aprobó la Ley Glass-Steagall, que establecía una separación entra la banca comercial y la banca de inversión:
  1. La banca comercial se dedica a administrar depósitos y otorgar préstamos tanto a particulares como a empresas. Su funcionamiento responde al representado en la figura 1.
  2. La banca de inversión se especializa en ofrecer tanto a empresas como a particulares y a Administraciones Públicas el dinero o los instrumentos financieros necesarios para realizar inversiones en los mercados de capitales. Otra de sus actividades es ofrecer asesoramiento con respecto a fusiones, adquisiciones y otras operaciones financieras.
Los bancos de inversión asumen más riesgos que los bancos comerciales, pues el mercado de capitales es imprevisible, pero también tienen la posibilidad de obtener enormes beneficios. La Ley Glass-Steagall tenía un objetivo fundamental: garantizar que los bancos a los que la gente había confiado su dinero no asumieran los mismos riesgos que los bancos de inversión, cuyo principal objetivo era maximizar los rendimientos del capital invertido y cuyos principales clientes eran grandes fortunas y empresas.

La estructura reguladora fijada tras la Gran Depresión tuvo buenos resultados. De hecho, el único período de la historia estadounidense en el que no se registraron crisis financieras de envergadura fue el cuarto de siglo posterior a la II Guerra Mundial, cuando se aplicaba eficazmente una estricta normativa. Pero la memoria es corta, y medio siglo es mucho tiempo. En la década de los ochenta, eran muy pocos los veteranos de la Gran Depresión que estaban en activo. Por aquel entonces, se hizo predominante la noción de que los mercados sin trabas pueden asegurar por sí solos la prosperidad y el crecimiento económico [2].

Desde hacía tiempo, el atractivo de dedicarse a actividades especulativas era mucho mayor que la puesta en marcha de un negocio productivo. Además, la competencia en el sector bancario llevó a que los márgenes de intermediación fueran cada vez más bajos, por lo que el modelo clásico de negocio era menos atractivo para los bancos, que empezaron a buscar nuevas formas de generar beneficios. De este modo, dejaron de dedicarse preferentemente a financiar la actividad productiva de las empresas para desplazar sus negocios hacia la gestión de fondos de inversión y el cobro de comisiones bancarias.

lunes, 14 de enero de 2013

LAS MULTINACIONALES Y LOS PRECIOS DE TRANSFERENCIA


La noticia del ERE que va a afectar a 258 trabajadores de la factoría de Roca en Alcalá de Henares, a pesar de que la compañía cerró 2012 con 20 millones de euros de beneficios, me ha hecho pensar en muchas de las prácticas llevadas a cabo por las multinacionales, algunas de las cuales he leído recientemente en el libro Los Amos del Mundo, de Vicenç Navarro y JuanTorres López.

Todo el mundo es consciente del chantaje que llevan a cabo estas multinacionales con la amenaza de la deslocalización, cuando amagan con trasladar sus factorías a países con mano de obra más barata para conseguir cuantiosas subvenciones, desgravaciones fiscales y otras ayudas por parte de los gobiernos locales. Quizás la gente no sea tan consciente del poder que las grandes multinacionales ejercen a través de numerosísimos grupos de presión o lobbies, que influyen notablemente en las decisiones de los gobiernos[1] y controlan los medios de comunicación[2].

Seguramente la gente tampoco conozca otro tipo de prácticas utilizadas muy corrientemente por las multinacionales, como la de los precios de transferencia. Este procedimiento, ampliamente extendido entre las multinacionales, se aplica cuando se compra el mismo producto en distintos países, y consiste en contabilizar los precios más altos o más bajos según dónde interese declarar los beneficios o calcular la base imponible más conveniente (por supuesto, independientemente de las cantidades reales compradas en cada país).

Así nos encontramos con casos como el de la empresa Apple, cuyo fundador Steve Jobs poco menos que ha sido ascendido a la categoría de Gran Héroe de la Historia de la Humanidad. A pesar de que sus ventas en España se multiplicaron por 14 en 2012, la declaración del impuesto de Sociedades le salió a devolver gracias a la práctica de los precios de transferencia. Como se puede leer en este artículo, Apple no hace más que comprarse a sí misma (concretamente, a una filial de la matriz Apple radicada en Irlanda) los ordenadores que venderá en España. Si lo hace a precios suficientemente altos como para que la venta a los consumidores españoles no sea rentable, obtendrá pérdidas en España mientras que cosechará grandes beneficios en Irlanda, donde casualmente el tipo impositivo del Impuesto de Sociedades es del 12 % (frente al 30 % español).

De este modo, es muy sencillo para una compañía incluso incurrir legalmente en pérdidas, con lo que el impuesto de sociedades le sale a devolver y consigue una nueva herramienta con la que presionar al gobierno de turno para obtener más ayudas a cambio de no cerrar una fábrica o despedir a cientos de trabajadores.

Aunque cabe la posibilidad de que los jueces y autoridades administrativas rechacen un expediente de regulación de empleo elaborado en estas circunstancias, mientras las normativas contables no sean más exigentes y sigan permitiendo que las multinacionales puedan consolidar balances y cuentas de resultados de su actividad en distintos países, es muy difícil probar legalmente si un expediente se ha emitido con mala fe. Por otra parte, prácticas como la descrita por Apple pueden ser muy reprobables moralmente pero son perfectamente legales mientras no se aprueben normativas que impidan distorsionar precios en beneficio propio.

Y para que las normativas legales y contables sean más exigentes con las multinacionales haría falta la aprobación de nuevas leyes mucho más restrictivas, leyes a las que por supuesto se opondrían con todas sus fuerzas los lobbies y grupos de presión controlados por estas multinacionales.

Con lo que volvemos al punto de partida…






[1] Se estima que en torno a la Comisión Europea existen entre 15.000 y 20.000 lobbies que invierten unos 3.000 millones de euros en influenciar a tal organismo. Una cifra similar de lobbies se calcula que actúan en Washington DC, y su influencia es inmensa a la hora de aprobar disposiciones medioambientales, comerciales o financieras.
[2] La enorme inversión en publicidad de las multinacionales las convierte en dueñas de facto de la opinión publicada. Por eso es tan raro encontrar en los medios líderes denuncias a las prácticas de las multinacionales por maltrato a sus trabajadores o al medio ambiente.
En otros casos, el control de los medios de comunicación es más directo, como ha ocurrido recientemente con el grupo PRISA.