domingo, 7 de abril de 2013

PLANES PRIVADOS DE PENSIONES, NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE

Las pensiones son uno de los caballos de batalla más recurrentes cuando se trata de velar por la "sostenibilidad" de las cuentas públicas. La última reforma se llevó a cabo en 2011, en uno de los últimos coletazos del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Básicamente, dicha reforma incluía entre otras las siguientes medidas:

  • ampliar la edad legal de jubilación de los 65 a los 67 años.
  • aumentar de 35 a 37 años el período necesario para acceder a una pensión completa.
  • ampliar el período de cálculo de la base reguladora de los 15 a los últimos 25 años de vida laboral del trabajador.
  • introducir un factor de sostenibilidad que cada cinco años revise todos los parámetros del sistema en función de la evolución de la pirámide de población.


Al final, el resultado de todas estas medidas es el mismo: reducir la duración y la cuantía de las futuras pensiones. Es decir, los actuales trabajadores y futuros pensionistas soportarán toda la carga de la reforma.
Por mi parte, aun reconociendo que la viabilidad del sistema público de pensiones es cada vez más complicada, me gustaría hacer dos matizaciones:

  1. Es cierto que en la situación actual, garantizar el pago de las pensiones futuras es cada vez más difícil, pero gran parte de ese problema se debe al lamentable estado del mercado de trabajo español. Con una tasa de paro superior al 25% no hay ningún sistema de pensiones que sea viable. Si el paro continúa aumentando, las pensiones tendrán que financiarse con las cotizaciones de menos trabajadores que a su vez tendrán empleos más precarios, con menores salarios sobre los que aplicar el tipo de cotización. Luchar por el empleo y por la calidad de los puestos de trabajo es, al mismo tiempo, luchar por la viabilidad del sistema de pensiones.
  2. Hasta ahora, todas las reformas del sistema de pensiones se han centrado en un único aspecto: los gastos del sistema. Sin embargo, tan importante como contener los gastos es incrementar las fuentes de ingresos.
Una forma de aumentar los ingresos sería reducir el paro (a más trabajadores, más cotizantes), pero no es a esto a lo que me refiero. El Pacto de Toledo, que es un acuerdo firmado en 1995 entre los partidos políticos sobre el sistema de pensiones, establece que las cotizaciones sociales serán la única fuente de financiación de las pensiones. Sin embargo, afirmar que las pensiones deben financiarse sólo con cotizaciones es una cuestión más ideológica que científica. Utilizar los impuestos para pagar las pensiones que la sociedad considere justas me parece completamente legítimo (mucho más que construir aeropuertos sin aviones o trenes para ejecutivos, desde luego).

Pero ni este ha sido el enfoque seguido hasta ahora en las sucesivas reformas del sistema de pensiones ni parece que lo vaya a ser en el futuro. En su lugar, la solución ofrecida por autoridades y "expertos" es otra muy distinta: complementar las pensiones públicas con planes de pensiones privados.

¿En qué consisten los planes de pensiones? Básicamente, un plan de pensiones privado es un fondo en el que el trabajador deposita unos pagos periódicos para recibir una pensión cuando se jubile. Las aportaciones que realiza el trabajador no se inmovilizan en ninguna especie de cuenta o plazo fijo, sino que una gestora se encarga de invertirlas para obtener de ellas el máximo rendimiento (y así poder pagar una mayor pensión en el futuro). Actualmente, en España operan 573 fondos, gestionados en su mayoría por aseguradoras y entidades financieras (bancos y cajas de ahorros, vaya).

La verdad es que estoy un poco cansado de leer y oír que el sistema público de pensiones es insostenible y que los planes de pensiones privados son la panacea, así que me gustaría dedicar esta entrada a poner de manifiesto las lagunas de los fondos de pensiones, que las tienen (vaya que si las tienen). Y es que no es oro todo lo que reluce:

miércoles, 27 de marzo de 2013

ILUMINANDO EL RECIBO DE LA LUZ

Aunque nunca fue mi intención escribir un blog de actualidad es inevitable que ésta acabe influyendo en los temas a tratar. Así, la inmensa mayoría de las entradas publicadas hasta el momento (y la mayoría de las que vendrán) abordan el tema de la crisis.

Sin embargo, después de publicar por entregas mi artículo sobre la crisis de las hipotecas subprime y antes de centrarme en otros aspectos de la crisis, me ha parecido bien cambiar de tercio y abordar algún tema cotidiano pero poco conocido por la mayoría de la gente… ¿Qué os parece si hablamos de la factura de la luz?

Este tema se me ocurrió hace una semana, cuando leí la noticia de que el recibo de la luz bajará en abril un 6’7%, una excelente noticia dado el historial de subidas de la factura de la luz (más de un 70% de aumento en los últimos seis años) y que los españoles pagan el recibo de la electricidad más caro de Europa, solo superado por el de Malta y el de Chipre (sí, habéis leído bien, Chipre). Pero no lancéis las campanas al vuelo, porque el descontrol del sector energético español es coloshal, como diría Mariano Rajoy, y lo único que nos espera a largo plazo son subidas sobre subidas a menos que se tomen medidas drásticas de reordenación del sector.

Pero no divaguemos, el objeto de esta entrada es explicar de la forma más sencilla posible las distintas partidas que se incluyen en la factura de la luz. Para ello, nos basaremos en un recibo real de la compañía Iberdrola. Es posible que el nombre de los conceptos que voy a explicar cambie de una compañía a otra, pero básicamente son los mismos. Si tenéis una factura a mano, cogedla e ir repasando los distintos conceptos uno por uno a medida que los vaya explicando... ¡Comenzamos!

  1. Potencia contratada: es una cantidad fija a pagar se consuma o no, también denominada “término de potencia”. Depende de la potencia contratada por el cliente, y se obtiene multiplicando dicha potencia por un coeficiente fijado por el gobierno. En principio, garantiza que el usuario podrá utilizar toda la potencia contratada cuando la necesite. Cuando un cliente contrata muy poca potencia, es normal que se le vaya la luz si conecta el aire condicionado y la plancha al mismo tiempo.
  2. Energía consumida: se corresponde con el consumo de electricidad. Se obtiene multiplicando los kilowatios consumidos por su precio unitario. El precio unitario del kilowatio que se cobra a las familias se denomina Tarifa de Último Recurso (TUR). Igualmente, las compañías que suministran electricidad a los consumidores reciben el nombre de Compañías Comercializadoras de Último Recurso. Técnicamente, la tarifa de último recurso es el precio de la electricidad suministrada a aquellos usuarios que tengan contratada una potencia máxima de 10 kilowatios (en la práctica, es la tarifa que se cobra a las familias, puesto que las empresas contratan más potencia). La Tarifa de Último Recurso es revisada y aprobada por el gobierno.
  3. Impuesto sobre Electricidad: es un impuesto especial, similar a los que soportan el tabaco, el alcohol y la gasolina. Se aplica tanto al consumo como a la potencia. En principio, lo implantó el gobierno de José María Aznar en 1997 como medida temporal para financiar la reconversión del sector minero, pero hace tiempo que se considera un impuesto permanente. Es un impuesto cedido a las Comunidades Autónomas.
  4. Alquiler equipos de medida: es la cantidad que cobran las compañías eléctricas por la cesión y el mantenimiento de los contadores.
  5. IVA: nuestro querido impuesto sobre el valor añadido no necesita presentación. En septiembre de 2012 pasó del 18% al 21%. Un detalle interesante que a mucha gente se le pasará por alto es que el IVA grava TODOS los aspectos anteriores. Es decir, también grava lo que hayamos pagado en concepto de impuestos especiales. Que el IVA grave el consumo de bienes y servicios me parece fastidioso pero lógico; que grave el pago de impuestos indirectos me parece una sinvergonzonería y una inmoralidad.

jueves, 14 de marzo de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO V)

CONCLUSIONES



El 15 de septiembre de 2008 quebró Lehman Brothers, uno de los principales bancos de inversión de Estados Unidos. Desde entonces, con el pánico extendiéndose por todo el sistema financiero y ante el miedo a la quiebra de más bancos, los gobiernos de todo el mundo han acudido al rescate de innumerables entidades financieras. Las cifras de los rescates han sido escalofriantes (tan sólo Estados Unidos ha dedicado desde 2007 cinco billones de dólares a este fin), lo que ha provocado problemas de déficit y deuda pública en casi todos los países del mundo (muy especialmente en Europa [1]). En la sociedad hay un encendido debate sobre lo adecuado de estos rescates, sobre todo desde capas sociales que ven cómo sus derechos y prestaciones son recortados para ajustar las cuentas públicas.

Los bancos afirman que el suyo es sólo un problema de liquidez. Un banco (o cualquier empresa) es solvente pero está falta de liquidez si sus activos (es decir, sus bienes y derechos) son mayores que sus deudas pero a pesar de ello no dispone de fondos. Se supone que si dispusiera del tiempo suficiente, podría hacer frente a esas deudas con la venta de esos activos. Sin embargo, es muy posible que años de comportamiento temerario hayan dejado a muchos bancos en una quiebra efectiva. Los bancos tienen en su poder una gran cantidad de viviendas cuyo valor es muchísimo menor que aquel al que estaban contabilizadas, lo que supone unas enormes pérdidas sin contabilizar. Además, a día de hoy todavía siguen ejecutándose hipotecas y la materia oscura en la que se han convertido los productos financieros derivados de las mismas sigue extendiéndose por todo el sistema financiero. Todavía se necesitará un tiempo antes de poder evaluar los verdaderos estragos sufridos por el sistema financiero.

En última instancia, el éxito del sector financiero debería medirse por el bienestar que proporciona a los ciudadanos, tanto porque se asigna mejor el capital como porque se gestiona mejor el riesgo. Por tanto, cuando se ven problemas tan generalizados como los que han aquejado al sistema financiero sólo se puede llegar a una conclusión: los problemas son sistémicos.

Es necesario emprender reformas para prevenir que estos mismos acontecimientos puedan repetirse en el futuro. Cuando planteamos la necesidad de acometer reformas, es esencial establecer las responsabilidades del desastre. A nuestro juicio, son responsables de la crisis...

  • los líderes políticos, que en lugar de tomar medidas anticíclicas cuando comenzó a hincharse la burbuja prefirieron anotarse el tanto de unos datos económicos engañosos y muy peligrosos [2].
  • los supervisores bancarios, por su apuesta suicida por la desregulación financiera.
  • los directivos de las entidades financieras, por su ambición y su falta de visión.
  • las agencias de calificación, tanto por su incompetencia [3] como por su ambición y afán de enriquecimiento, sumándose sin rubor a las prácticas imprudentes y avariciosas del sector financiero.
A menudo, se repite machaconamente la idea de que también las familias son responsables de la crisis, ya que firmaron hipotecas que no podían permitirse, contribuyendo de forma irresponsable y decisiva a hinchar la burbuja. A nivel nacional, esta es la idea que se transmite cuando se dice, por ejemplo, que "los españoles han vivido por encima de sus posibilidades".

Desde mi punto de vista, este tipo de afirmaciones constituyen una criminalización en toda regla de las mayores víctimas de esta crisis, ya que tratan de vender a la opinión pública la imagen de que las familias se comportaron como un colectivo avaricioso que corrió a comprar casas atraído por los créditos baratos y que ahora exige a la sociedad que le resarza de su mal comportamiento con medidas como la dación en pago, que pondrían en peligro la estabilidad de todo el sistema financiero.

En mi opinión, la realidad ha venido a demostrar justamente lo contrario, que las familias son el colectivo más vulnerable y han estado completamente indefensas y abandonadas por el poder político, que siempre acaba poniéndose de parte del lobby financiero y bancario que dicta e impone su ley y cuenta con un enorme influencia mediática (de ahí que haya tantos periodistas que afirmen que la dación en pago sería una barbaridad que sólo conseguiría derribar nuestro sistema financiero).

Tengamos en cuenta además que gran parte de las familias no tenían ningún conocimiento financiero y depositaron toda su confianza en los empleados de sus oficinas bancarias (en el caso español, más que en el problema de las hipotecas, este aspecto es especialmente doloroso en la estafa de las participaciones preferentes). Muchas familias fueron engatusadas (cuando no directamente engañadas) para firmar unos préstamos mucho más arriesgados de lo que hubieran estado dispuestos a aceptar si hubieran sido conscientes de los riesgos que asumían.

En este sentido, una buena medida a adoptar por parte de los gobiernos sería vigilar más estrechamente la comunicación entre las entidades bancarias y sus clientes y qué información se debe aportar cuando se comuniquen las características de un crédito o cualquier otra operación. Otra medida muy importante sería invertir en educación, puesto que es mucho más difícil engañar y aprovecharse de gente preparada que de gente sin un adecuado nivel de educación.

Desgraciadamente, no parece que se estén adoptando muchas medidas ni en esta ni en otras direcciones. Muchos gobiernos se hayan atados de pies y manos: tanto los rescates financieros como el desmoronamiento de la economía real le ha hecho incurrir en enormes déficits, y se encuentran asfixiados por los intereses que les cobran los mismos mercados financieros que originaron el problema y que se supone que habría que reformar. Y aún más importante, en un mundo tan globalizado como el nuestro, donde el dinero es el bien que más rápido se desplaza de un sitio a otro, es imposible abordar una gran reforma de los mercados financieros de forma aislada, sino que sería necesario un gran consenso internacional como ocurrió con la firma de los acuerdos de Bretton Woods al finalizar la II Guerra Mundial.

Y hasta aquí el resumen de lo acontecido hasta 2008. Desde entonces, la crisis ha seguido extendiéndose y transformándose. Lo que a finales de 2008 era una crisis del sector financiero que amenazaba con contaminar al resto de la economía se ha convertido en la actualidad en una profunda crisis de la economía real, en la que asistimos al continuo cierre de empresas y al aumento de desempleo. Por otro lado, la crisis del sector financiero también ha evolucionado: de ser una crisis soportada por las entidades financieras ha pasado a afectar a los propios países, inmersos en una auténtica crisis de deuda pública, que pone en peligro su capacidad para conseguir dinero y para luchar contra los efectos de la crisis en la economía real.

Sería mi deseo aportar una visión más positiva en futuros artículos. Espero que sea así.



ÍNDICE DE CAPÍTULOS:





[1] El problema de la deuda pública es especialmente grave en los países de la zona euro. Al ceder su política monetaria al Banco Central Europeo han perdido una herramienta fundamental de su política económica, y unos estatutos especialmente rígidos por parte del Banco Central le han impedido hasta el momento acudir en ayuda de países agobiados por el pago de la deuda.
[2] Esta responsabilidad está compartida tanto por los gobiernos estadounidenses de Clinton y Bush como por los españoles de Aznar y Zapatero, que presumían de una bonanza económica que no sólo era falsa, sino que era el preludio y la futura causa de una crisis sin precedentes.
[3] Tres semanas antes de la quiebra de Lehman Brothers, esta entidad gozaba de muy buenas calificaciones por parte de estas agencias.

domingo, 10 de marzo de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO IV)

LA EXPLOSIÓN DE LA BURBUJA


donde se cuenta cómo explotó finalmente la burbuja inmobiliaria y los precios de la vivienda cayeron en picado, dejando a los bancos con pérdidas millonarias, a miles de familias en la calle y a millones de trabajadores en el paro.



En 2003, con los tipos de interés al 1%, sólo había una dirección hacia la que estos podían ir: hacia arriba. Y así fue, pues el tipo de interés llegó hasta el 5'25% en 2006. De repente, millones de personas se encontraron con que habían suscrito hipotecas que no podían permitirse (entre 2001 y 2007, el número de familias norteamericanas con cargas graves -que pagaban por su vivienda más de la mitad de sus ingresos- aumentó en más de cuatro millones).

Cuando las personas que vieron que no podían seguir pagando su hipoteca intentaron vender sus casas, la burbuja se rompió y los precios de la vivienda cayeron en picado. La explosión de la burbuja a principios de 2007 afectó primero a las peores hipotecas, pero muy pronto afectó a toda la propiedad inmobiliaria residencial: quienes habían suscrito hipotecas del 100% debían más dinero de lo que valía su casa, pero a medida que caían los precios de las casas, lo mismo le ocurrió a las personas que habían contratado hipotecas del 90% e incluso del 80%. El impago era la única opción para millones de personas, que perdieron sus hogares y cualquier capital que hubieran aportado.

Cuando estos millones de personas dejaron de pagar sus hipotecas, los productos financieros derivados de ellas perdieron de inmediato su valor, ya que dichas hipotecas dejaron de proporcionar los flujos de dinero que recibían los cobradores de los paquetes CDO y MBS. Miles de fondos de inversión y de pensiones de todo el mundo perdieron de la noche a la mañana todo el capital invertido en estos productos, que se habían revelado como auténtica basura.

Pero también los bancos se vieron engullidos por el remolino financiero. Quizás cegados por los beneficios, los bancos mantenían muchos paquetes de hipotecas en sus balances, de modo que también afrontaron enormes pérdidas con la ruptura de la burbuja. Además, el valor de su cartera inmobiliaria se redujo drásticamente mientras que las deudas que habían contraído permanecían intactas. Así, los bancos comenzaron a registrar pérdidas multimillonarias y se inició una auténtica debacle financiera. Inicialmente fueron los bancos estadounidenses los que empezaron a sufrir pérdidas gigantescas, pero el proceso se extendió con rapidez por todo el mundo, ya que las finanzas internacionales son sin duda alguna la faceta más globalizada de la economía.

La complejidad del proceso de titulización, combinada con la rapidez con la que la situación iba deteriorándose y el alto nivel de endeudamiento de los bancos significaba que ni estos sabían si lo que debían a sus depositantes y acreedores excedía el valor de sus activos (es decir, sus bienes y derechos). Cada uno de ellos sabía lo precaria que era su situación, pero sólo podían adivinar lo precaria que era la situación de los demás bancos. Por consiguiente, se evaporaron la seguridad y la confianza en la que se basa el sistema bancario. Los bancos se negaron a prestarse dinero unos a otros, o exigían elevados tipos de interés, con lo que se dermoronaron los mercados mundiales de crédito. Cuando la diferencia entre el tipo de interés interbancario [1] y el interés de la deuda pública estadounidense se elevó drásticamente en agosto de 2007, quedó claro que los bancos norteamericanos no se fiaban unos de otros.

Pronto, los bancos dejaron también de dar crédito a empresarios y consumidores, lo que supuso un auténtico desastre para la economía. La carencia de financiación que se fue extendiendo por todo el mundo hundió sin remedio los mercados, paralizó casi por completo a millones de empresas y dio lugar a que las familias redujeran su gasto en consumo, que al fin y al cabo es de lo que viven las empresas. 




ÍNDICE DE CAPÍTULOS:



[1] El tipo de interés al que los bancos se prestan dinero entre ellos en el mercado interbancario.

sábado, 2 de marzo de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO III)

LA TITULIZACIÓN

donde se cuenta cómo los bancos crearon "paquetes" donde metieron las hipotecas que habían concedido y los vendieron por todo el mundo, distribuyendo a lo largo y ancho del mundo hipotecas que habían concedido a personas sin empleo ni recursos económicos.


Los bancos ofrecían tantos créditos que empezaban a quedarse sin liquidez. Como se representaba en la figura 1 (capítulo 1), los bancos conceden préstamos con el dinero que las familias les ceden en forma de depósitos. Sin embargo, el boom hipotecario era de tal magnitud que no bastaba con los depósitos de las familias. Para conseguir recursos, los bancos acudían al mercado interbancario, en el que se prestan dinero unos a otros, y como todos los bancos estadounidenses estaban inmersos en la fiebre inmobiliaria, eran bancos de otros países los que les suministraban los recursos que necesitaban.

Además, los bancos norteamericanos comenzaron a incumplir las Normas Contables de Basilea, según las cuales los préstamos concedidos por un banco no pueden superar un determinado porcentaje de su balance. Para cumplir esta normativa y conseguir la liquidez que necesitaban para seguir concediendo préstamos, recurrieron a la titulización.

Los bancos crearon unos productos financieros denominados CDO (Collateralized Debt Obligation -Obligaciones de Deuda Colateralizada-). Los CDO eran unos "paquetes" donde se incluían hipotecas de todo tipo junto a otros activos bancarios (préstamos para el consumo, créditos a estudiantes, etc.). Los CDO formados por hipotecas se denominaron MBS (Mortgage Backed Securities -Obligaciones Garantizadas con Hipotecas-) y, como cualquier activo financiero, eran títulos negociables (de ahí que el proceso se denominara titulización). Los bancos vendían inmediatamente estos paquetes MBS a unas entidades denominadas conduits (entidades "vehículo"). De esta forma, entraba liquidez en los bancos y éstos transferían los riesgos fuera de sus balances.

Sin embargo, los conduits no eran más que entidades filiales (normalmente fondos de inversión) creadas por los propios bancos para escapar a la normativa contable que sólo afectaba a las entidades bancarias. Es decir, se trataba de una estratagema para "blanquear" las cuentas de los bancos y cumplir la normativa internacional. Aún peor, los conduits aumentaron el riesgo soportado por el sistema, ya que pedían créditos a otros bancos para conseguir el dinero con el que comprar los paquetes MBS, con lo que aumentaban aún más el endeudamiento de los bancos.

El propósito de los conduits era vender rápidamente los MBS que tenían en su poder, generando así una nueva fuente de beneficios. Para ello, recurrieron a los servicios de los bancos de inversión, que los vendieron a otros bancos, fondos de inversión, fondos de pensiones, sociedades de capital riesgo, aseguradoras, etc. A su vez, estas entidades vendían y revendían estos paquetes, que acabaron distribuyéndose por todo el mundo. A menudo, los bancos de inversión elaboraban paquetes CDO que contenían otros paquetes CDO y MBS, de modo que al final nadie sabía a ciencia cierta el producto que en realidad estaba comprando.

Las agencias de calificación jugaron un papel crucial certificando la seguridad de estos CDO y MBS. Las agencias de calificación son empresas que se dedican a dar una valoración (una "nota", para entendernos) a los productos que se intercambian en los mercados financieros. A menudo, estos productos son tan complicados y resulta tan complejo investigar quién los emitió que no es fácil saber si es arriesgado invertir en ellos. Al calificar estos productos, las agencias de calificación facilitan la toma de decisión de cualquier persona o entidad que se esté planteando invertir en ellos.

La valoración más alta dada por estas agencias es la calificación AAA, que era fácilmente obtenida por las hipotecas de más calidad. Sin embargo, los CDO y MBS contenían muchas hipotecas subprime cuya calificación tendría que haber sido muy negativa al tratarse de operaciones muy arriesgadas. Aun así, las agencias de calificiación dieron su sello de aprobación a estos productos  calificándolos con la máxima nota, y esto animó a fondos de pensiones y de inversión y a bancos de todo el mundo a comprar estos paquetes.

Para explicar la actuación tan deficiente de las agencias de calificación debemos volver a mencionar el problema de los incentivos. Al igual que en el resto del sector financiero, los incentivos de las agencias de calificación estaban muy distorsionados: quienes pagaban a las agencias de calificación eran precisamente los bancos que creaban los paquetes que había que calificar. La competencia entre las distintas agencias hizo el resto: si una agencia de calificación no daba la nota que se pedía, los bancos de inversión podrían recurrir a una de sus competidoras [1].

Para agravar el problema, las agencias de calificación descubrieron una nueva forma de obtener ingresos: proporcionar servicios de consultoría (por ejemplo, cómo conseguir la codiciada calificación AAA). Así, las agencias ganaban dinero explicando a los bancos de inversión cómo conseguir buenas calificaciones y, a continuación, ganaban aún más dinero otorgando esas calificaciones [2].

De esta forma, cientos de bancos y millones de personas en todo el mundo invirtieron en estas hipotecas o en sus productos derivados creyendo que se trataba de una inversión segura. En gran medida, todo fue posible gracias a que las autoridades financieras habían relajado la supervisión y la regulación de los mercados financieros.



viernes, 1 de marzo de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO II)

LA GESTACIÓN DE LA BURBUJA INMOBILIARIA

donde se cuenta cómo unos tipos de interés demasiado bajos y una conducta imprudente por parte de los bancos hincharon una burbuja inmobiliaria y subieron los precios de la vivienda hasta niveles estratosféricos.


En 2001 explota la burbuja puntocom. Entre marzo de 2000 y octubre de 2002, el precio de las acciones de las empresas tecnológicas cae un 78% (una acción que en marzo de 2000 costara 50 €... ¡sólo costaba 11 € en octubre de 2002!). Estas pérdidas afectan al resto de la economía estadounidense, puesto que gran parte de las inversiones se habían realizado en el sector de la alta tecnología y quedaron paralizadas. En marzo de 2001, Estados Unidos entra en recesión.

Los ingresos de la mayoría de los estadounidenses llevaban mucho tiempo estancados, así que no podía esperarse que el consumo de las familias reactivase la economía (entre 2000 y 2008 la mediana de ingresos de las familias estadounidenses -la cantidad de ingresos tal que la mitad de la población recibe unos ingresos superiores y la otra mitad unos ingresos inferiores- disminuyó un 4%) [1]. Las rebajas de impuestos a las clases más altas aprobadas por la administración Bush no sirvieron para reactivar la economía, por lo que la carga de devolverla a sus anteriores niveles de empleo recayó en la Reserva Federal [2], que bajó los tipos de interés del 6'5% en el que estaban en 2001 hasta el 1% en 2003 [3].

Tener un hogar en propiedad ha sido siempre un elemento característico del sueño americano. Cuando los bancos empezaron a ofrecer hipotecas baratas, muchas personas se apresuraron a alcanzar ese sueño y se desató una auténtica fiebre inmobiliaria. Más de cuatro millones de personas se convirtieron en propietarios. Hasta tal punto llegó el desajuste al que condujo esta fiebre inmobiliaria que entre dos tercios y tres cuartos del PIB [4] estadounidense estaba relacionado con la vivienda.

Con tanta gente comprando viviendas, es normal que sus precios comenzaran a experimentar aumentos vertiginosos. De este modo, lo que acabaron haciendo los bajos tipos de interés fue sustituir una burbuja tecnológica por una burbuja inmobiliaria. Una burbuja es una situación en la que los compradores de un bien creen que los precios del mismo van a subir indefinidamente y que será muy rentable comprarlo pensando sólo en venderlo con mayor o menor rapidez.

A corto plazo, una burbuja puede ser una fuente de cuantiosos beneficios para las partes involucradas en la compra-venta del bien. En efecto, a medida que subían los precios de la vivienda, los propietarios podían hacer dinero con su casa, los promotores y constructores se enriquecían con la venta de un bien que se revalorizaba continuamente y los bancos concedían miles de hipotecas, una operación sencilla de la que se extraen jugosas comisiones y que no tenía riesgo alguno al estar garantizada por bienes cuyo valor no paraba de crecer.

Un buen producto hipotecario habría tenido unos bajos costes de transacción y habría ayudado a la gente a gestionar el riesgo de comprar una vivienda. Sin embargo, como hemos visto, no eran esos los productos que ponían en circulación los bancos estadounidenses; al contrario, crearon unas hipotecas con elevadas comisiones y que incitaban a los compradores a correr más riesgos de los necesarios.

Con todo, el beneficio de cada hipoteca era menor de lo deseado dados los bajos tipos de interés. Aprovechando el boom inmobiliario, las entidades bancarias intentaron compensar los bajos márgenes aumentando el número de operaciones y vendiendo el mayor número posible de hipotecas (además, se generalizó la práctica de ofrecer hipotecas del 100%, ya que con las expectativas de subidas del precio de la vivienda, en pocos meses las casas valdrían más que las hipotecas sin mayor problema).

Buscando ampliar su mercado, comenzaron a ofrecer hipotecas a personas poco solventes, sin empleo fijo y con pocos recursos económicos. Hipotecas que eran por tanto mucho más arriesgadas, pero también mucho más rentables por los tipos de interés más altos que se exigían por ellas [5]. De nuevo, los posibles riesgos se compensaban con las expectativas de futuras subidas del precio de la vivienda (si una de estas hipotecas resultaba impagada, con vender la casa se recuperaría el dinero prestado e incluso se obtendría un beneficio). En contraposición a las hipotecas prime, que eran las más seguras, estas hipotecas con mayor riesgo de impago se denominaron hipotecas subprime. Hoy en día, también reciben el muy ilustrativo nombre de hipotecas basura.

Los sistemas de incentivos de los bancos contribuían a hinchar la burbuja, pues sus empleados ganaban generosas primas por hipoteca contratada. Es decir, los incentivos se centraban en la cantidad de hipotecas contratadas, no en su calidad. De este modo, se produjeron ingentes cantidades de hipotecas basura. Y la búsqueda por parte de los bancos de nuevos clientes con los que contratar hipotecas no hizo sino hinchar cada vez más la burbuja inmobiliaria.

Aun así, durante unos años las cosas fueron bien para los bancos y para la economía en general. La gente iba pagando los plazos de sus hipotecas, y con el dinero que habían recibido gracias a las hipotecas del 100% aumentaron su nivel de consumo (comprando cohes, contratando vacaciones, amueblando su casa, etc.); con esta reactivación de la economía, las personas que habían contratado hipotecas subprime lo tenían muy fácil para encontrar un trabajo eventual que les permitiera seguir pagando su hipoteca. Sin embargo, todo se basaba en el supuesto de que los precios de la vivienda seguirían subiendo.



jueves, 28 de febrero de 2013

LECCIONES DE HISTORIA: LA CRISIS DE LAS HIPOTECAS SUBPRIME (CAPÍTULO I)

NOTA: tras una larga interrupción, retomo la publicación por capítulos del artículo que escribí hace más de un año sobre la crisis de las hipotecas subprime. Como hace dos meses que publiqué la última entrega, vuelvo a empezar por el primer capítulo para aquellos que no lo leyeran en su momento (no creo que haga falta volver a publicar la introducción del artículo, así que entramos directamente en materia). Esta vez, prometo publicarlo completo en menos de dos semanas. Palabra. Sonrisa

EL SISTEMA FINANCIERO ANTES DE LA CRISIS

donde se cuenta a grandes rasgos cómo funcionaba el sistema financiero antes de que se gestara la crisis y cómo los grandes bancos estadounidenses llevaron a cabo una actividad encaminada a reducir la regulación de los mercados financieros para conseguir mayores beneficios, lo que incrementó el riesgo del sector.


A los economistas les gusta llamar al sistema bancario el corazón de la economía, ya que bombea dinero allá donde se necesita. En efecto, los bancos cumplen una función de intermediación entre familias y empresas, canalizando el ahorro de las familias hacia las necesidades de financiación de las empresas:
  • por un lado, las familias depositan sus ahorros en los bancos, que a cambio les pagan un interés por ello.
  • por otro lado, con el dinero que las familias han depositado en ellos, los bancos conceden a las empresas los préstamos que necesitan para realizar sus inversiones, y a cambio les cobran un interés por ello.
El interés que los bancos cobran por los préstamos que conceden es mayor que el que pagan a las familias por sus depósitos. La diferencia entra ambos se denomina margen de intermediación y es la base del beneficio de la actividad bancaria. Esta labor de intermediación de los bancos queda representada en la siguiente figura:

La función que desarrollan los bancos es esencial. Teóricamente, las empresas podrían ponerse en contacto con las familias para pedirles el dinero que necesitan para desarrollar su actividad (y de hecho hay muchas formas de hacerlo [1]), pero la participación de los bancos aporta grandes ventajas. Por citar sólo algunas: los bancos proporcionan mecanismos de pago rápidos y eficaces (transferencias, pagos con cheques y tarjetas, etc.) y están mejor preparados que las familias para saber si se puede confiar en una empresa a la hora de prestarle dinero, por lo que gracias a ellos el capital de las familias se dirige a aquellos proyectos en los que resulte más productivo y beneficioso.

Si los bancos hacen bien su trabajo, proporcionan dinero para crear nuevas empresas y expandir las ya existentes, se crea empleo, la economía crece y el banco obtiene beneficios. Sin embargo, es evidente que en los últimos tiempos no ha sido así. La actividad bancaria ha cambiado mucho en las últimas décadas, y el señuelo de los beneficios fáciles y astronómicos desvió la atención de la mayoría de los bancos de sus funciones esenciales.

Durante las secuelas de la Gran Depresión, el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt puso en marcha una política intervencionista a la que se denominó New Deal con el objeto de sostener a las capas más pobres de la población y dinamizar la economía. Muchas de sus actuaciones trataron de fijar una estricta regulación en los mercados financieros para poner coto a las conductas imprudentes y/o especulativas. Fruto de esta nueva regulación se aprobó la Ley Glass-Steagall, que establecía una separación entra la banca comercial y la banca de inversión:
  1. La banca comercial se dedica a administrar depósitos y otorgar préstamos tanto a particulares como a empresas. Su funcionamiento responde al representado en la figura 1.
  2. La banca de inversión se especializa en ofrecer tanto a empresas como a particulares y a Administraciones Públicas el dinero o los instrumentos financieros necesarios para realizar inversiones en los mercados de capitales. Otra de sus actividades es ofrecer asesoramiento con respecto a fusiones, adquisiciones y otras operaciones financieras.
Los bancos de inversión asumen más riesgos que los bancos comerciales, pues el mercado de capitales es imprevisible, pero también tienen la posibilidad de obtener enormes beneficios. La Ley Glass-Steagall tenía un objetivo fundamental: garantizar que los bancos a los que la gente había confiado su dinero no asumieran los mismos riesgos que los bancos de inversión, cuyo principal objetivo era maximizar los rendimientos del capital invertido y cuyos principales clientes eran grandes fortunas y empresas.

La estructura reguladora fijada tras la Gran Depresión tuvo buenos resultados. De hecho, el único período de la historia estadounidense en el que no se registraron crisis financieras de envergadura fue el cuarto de siglo posterior a la II Guerra Mundial, cuando se aplicaba eficazmente una estricta normativa. Pero la memoria es corta, y medio siglo es mucho tiempo. En la década de los ochenta, eran muy pocos los veteranos de la Gran Depresión que estaban en activo. Por aquel entonces, se hizo predominante la noción de que los mercados sin trabas pueden asegurar por sí solos la prosperidad y el crecimiento económico [2].

Desde hacía tiempo, el atractivo de dedicarse a actividades especulativas era mucho mayor que la puesta en marcha de un negocio productivo. Además, la competencia en el sector bancario llevó a que los márgenes de intermediación fueran cada vez más bajos, por lo que el modelo clásico de negocio era menos atractivo para los bancos, que empezaron a buscar nuevas formas de generar beneficios. De este modo, dejaron de dedicarse preferentemente a financiar la actividad productiva de las empresas para desplazar sus negocios hacia la gestión de fondos de inversión y el cobro de comisiones bancarias.

viernes, 22 de febrero de 2013

DEVALUACIÓN INTERNA II: POR QUÉ ME PARECE UNA MALA IDEA



En la entrada de ayer os contaba en qué consiste la devaluación interna y de qué formas se aplica, un asunto que me parece especialmente grave al ser una política que actualmente está impulsándose (cuando no imponiéndose) en toda Europa desde las instancias de la Unión Europea.

Los promotores de la devaluación interna afirman que se trata de una política equitativa, ya que trata de hacer descender todos los precios y salarios de un país en la misma proporción, por lo que no supondría un gran trauma para la población.

En mi opinión, la devaluación interna es una insensatez y una aberración, sobre todo en el contexto actual. En esta entrada intentaré justificar esta opinión haciendo uso de razonamientos económicos:
  • Los defensores de la devaluación interna afirman que el reparto de la renta entre los distintos grupos sociales permanecerá sin cambios al bajar todos los precios y salarios en la misma proporción, por lo que los consumidores no cambiarían sus pautas de consumo, pero suponer que es posible reducir todos los precios y salarios exactamente en la misma proporción es completamente absurdo. Eso no sería posible más que en el mundo imaginario, plano y simplón de los economistas neoliberales.
En el mundo real, marcado por las relaciones de fuerza entre los distintos grupos sociales, una disminución de precios y salarios provocará siempre procesos de redistribución de la renta en los que los grupos dominantes reforzarán su posición, ¿es que acaso no conocéis el caso de algún amigo o familiar al que le hayan bajado el sueldo mientras su jefe se lo mantiene para seguir cotizando al tipo máximo?, porque yo conozco varios casos.

jueves, 21 de febrero de 2013

DEVALUACIÓN INTERNA I: QUÉ ES Y CÓMO SE APLICA


En la anterior entrada (tranquilos, no hace falta leerla, pero os lo agradeceré mucho si lo hacéis) poníamos de manifiesto que con la actual política que se está llevando a cabo en España la única vía para que nuestra economía crezca es el aumento de las exportaciones, y también dijimos que este aumento se está produciendo gracias a un proceso denominado devaluación interna. Hablemos hoy de la devaluación interna, una práctica que actualmente está implantándose en toda Europa en general y en España en particular.

Para comenzar, digamos que la devaluación interna no es más que una forma de aumentar la competitividad de un país con el fin de aumentar sus exportaciones y alcanzar un superávit comercial. Las ventajas de ello son obvias: las industrias nacionales incrementarán sus ventas y aumentará el número de puestos de trabajo.

La palabra clave aquí es competitividad. Cuando decimos que España es competitiva, lo que en realidad decimos es que nuestras empresas pueden competir con las empresas de otros países y lograr que los consumidores tanto extranjeros como españoles compren sus productos en vez de los de aquellas.

Una de las herramientas más utilizadas por los gobiernos de los países para aumentar su competitividad es la devaluación de la moneda. Esta medida consiste en reducir el valor de la divisa nacional con respecto al de las demás monedas. De este modo, automáticamente, los bienes producidos en el país pasan a ser más baratos que los producidos en el exterior. Por ejemplo, si el Reino Unido devaluase la libra, a los consumidores estadounidenses les resultaría inmediatamente más barato comprar con sus dólares los bienes producidos en Inglaterra.

Sin embargo, los países que han adoptado el euro como moneda han perdido la capacidad de devaluar su moneda, por lo que tienen que buscar otras vías para aumentar su competitividad. En este caso, no les queda más remedio que actuar sobre la productividad.

domingo, 17 de febrero de 2013

EL PIB. RADIOGRAFÍA DEL CRECIMIENTO.


El País abría su sección de economía de ayer con la siguiente noticia: “La UE se sumerge en la recesión”. Según se cuenta en la noticia, la eurozona está en recesión desde finales del año pasado, e incluso la economía alemana ha decrecido el último trimestre.

Oficialmente, se considera que una economía está en recesión cuando registra dos trimestres consecutivos de decrecimiento del PIB (Producto Interior Bruto). Y esta es la variable fundamental cuando se trata de examinar la salud de una economía: el crecimiento. Se utilizan muchos indicadores para estudiar la marcha de la economía: la tasa de paro, el índice de precios, el déficit comercial… pero el indicador clave para determinar si una economía “aprueba” o “suspende” es uno: el crecimiento.



¿Y qué es el crecimiento? Pues el tanto por ciento que se haya incrementado el PIB en el último período (considerándose normalmente períodos trimestrales o anuales). Volviendo a la noticia con la que abríamos la entrada, si tenemos en cuenta que el Producto Interior Bruto es el valor de mercado de todos los bienes y servicios elaborados en el interior de un país, cuando se dice que la economía española ha decrecido un 0’7 % el último trimestre, lo que se está diciendo es que el valor de mercado de todos los bienes y servicios que se produjeron dicho trimestre fue un 0’7 % más pequeño que el de los bienes que se produjeron el trimestre anterior.

Es evidente que una reducción del PIB es un dato muy negativo: si se ha reducido la cantidad de bienes que se producen en el país también habrán disminuido la cantidad de personas que están trabajando y habrá aumentado el paro. (Por el contrario, un aumento del PIB no significa inmediatamente un aumento del empleo: teniendo en cuenta el ritmo al que normalmente crecen la población activa y la productividad del trabajo y considerando la rigidez típica del mercado de trabajo, se estima que la economía española tiene que crecer en torno al 3 % para reducir el paro).

Por supuesto, el crecimiento del PIB no es un indicador ideal: al medir los bienes que se producen en un período por su valor de mercado, no tiene en cuenta la economía sumergida ni los bienes que no pasan por el mercado (como el trabajo doméstico o el autoconsumo), y tampoco tiene en cuenta la distribución de la renta ni los daños que pueda recibir el medio ambiente por culpa de la actividad económica.

Otra carencia fundamental del PIB es que no tiene en cuenta en qué se sustenta el crecimiento. En concreto, el PIB no tiene en cuenta el endeudamiento de los agentes económicos, de forma que pueden darse casos como el de España, cuyo PIB creció muy por encima de la media europea gracias a un excesivo endeudamiento de familias y empresas (sobre todo debido al crédito hipotecario). Con el estallido de la crisis, es el endeudamiento del Estado el que ha sustituido al de las familias y empresas, de forma que el PIB actual es muy similar al de 2007 pero a costa de un endeudamiento masivo de todos los agentes económicos.



Pero a pesar de estos inconvenientes, la evolución del PIB es un indicador muy útil que a poco que rasquemos en él nos suministra más y más información. Estudiemos de forma muy sencilla la composición del PIB para comprender en qué se basan las actuales esperanzas de crecimiento de la economía española.

lunes, 11 de febrero de 2013

EL RESCATE A ESPAÑA CONTADO A LOS ALEMANES

Está muy claro que la salida de la crisis no está en manos del gobierno español, sino en las de la Unión Europea y, más concretamente, en las de Angela Merkel, canciller alemana, y Mario Draghi, gobernador del Banco Central Europeo.

La única opción viable para salir de esta situación es convencer a las instancias europeas de que se cambie el actual rumbo de la Unión, algo que parece difícil de lograr después de comprobar los desalentadores resultados de la última cumbre de la Unión Europea, en la que por primera vez se redujeron los presupuestos europeos con respecto al período anterior.

Por tanto, me parece una buena iniciativa la de la Asamblea Popular Tres Cantos del 15M, que ha grabado este vídeo para difundirlo en Alemania y concienciar a los ciudadanos alemanes acerca de las verdaderas causas de la crisis, con la idea de que sólo ellos pueden obligar a sus gobernantes a cambiar el rumbo.

Esperemos que tengan suerte.

domingo, 10 de febrero de 2013

¿QUÉ ES EL APALANCAMIENTO?


Los bancos españoles deben reducir su excesivo apalancamiento, la economía española en su conjunto está muy apalancada, el apalancamiento de las empresas españolas está en niveles históricos… Quien más, quien menos, la mayoría de vosotros habrá leído u oído el término apalancamiento en alguna de las noticias de la actualidad. Pero, ¿realmente sabe la gente lo que es el apalancamiento?

Hasta hace muy poco, si a alguien le preguntaban qué era estar apalancado, lo que respondía era esto:
  

Hoy, el término apalancamiento es uno de los más comunes en la secciones de economía y nacional de la prensa generalista. Y sin embargo, me da la impresión de que la mayor parte de las veces no se utiliza correctamente, o al menos con todas las implicaciones que tiene esa palabra en economía financiera.

El 99 % de las veces que leáis en un periódico la palabra apalancamiento la podéis sustituir por endeudamiento. Así, cuando se dice que una entidad está muy apalancada, lo que se está afirmando es que está muy endeudada. De esta forma, los periodistas utilizan el término con fines más estilísticos que semánticos, como los periodistas deportivos que intentan adornar sus narraciones empleando términos como esférico y rectángulo de juego en vez de balón o campo de fútbol. Y es que apalancarse, en términos económicos, no sólo implica endeudarse.

Hagamos una precisión. En los manuales de Economía de la Empresa se habla de dos tipos de apalancamiento: el apalancamiento operativo y el apalancamiento financiero. El que está ahora en boca de los medios de comunicación, o el que más se acerca a él, es el apalancamiento financiero, así que a él es al que me referiré a lo largo del post.

Apalancarse consiste en endeudarse para financiar una operación, pero en términos financieros, el vocablo apalancamiento (en inglés, efecto leverage) hace referencia a la utilización de la deuda para incrementar la rentabilidad de los recursos propios. Veámoslo con un ejemplo numérico para comprenderlo mejor.

Supongamos que queremos invertir 100.000 € en acciones. Si compramos el 1 de Enero acciones por ese valor y las vendemos el 31 de Diciembre por 150.000 €, está claro que hemos obtenido 50.000 € de beneficio (como invertimos 100.000 € de nuestro dinero, la rentabilidad ha sido del 50 %).

Pero imaginemos que no tenemos los 100.000 € iniciales, y aun así consideramos que el éxito de la inversión es seguro. Supongamos que sólo tenemos 20.000 €, pero como estamos tan convencidos de que todo va a salir bien, pedimos un préstamo de 80.000 € a un interés del 10 %.

El 1 de Enero compramos las acciones por 100.000 € y el 31 de diciembre, como estaba previsto, las vendemos por 150.000 €. Ese mismo día, hay que pagar al banco unos intereses de 8.000 €, con lo que el beneficio que nos queda es de 42.000 €. Sin embargo, aunque los beneficios de la operación hayan sido algo menores, la rentabilidad del capital propio ha sido muchísimo más alta, del 210 %. En esto consiste el apalancamiento, en utilizar recursos ajenos para aumentar la rentabilidad de los recursos propios.


Resumamos todo lo dicho en los párrafos anteriores en un par de sencillas operaciones para que nadie se pierda:

miércoles, 6 de febrero de 2013

DISECCIONANDO A LAS AGENCIAS DE CALIFICACIÓN


La primera plana de la sección de Economía de El País de hoy abre con esta noticia: EE UU exigirá más de 3.680 millones a S&P por inflar las calificaciones de activos. Seguramente, muchos opinarán lo mismo que yo: “¡ya era hora de que le metieran mano a las agencias de calificación!” (aunque no soy muy optimista en que se acabe consiguiendo algo, lo reconozco). Y puede que muchos se pregunten qué demonios son agencias como S&P de las que tanto se oye hablar últimamente. Bueno, pues a eso dedicaré la siguiente entrada.

Ya comenté en otra ocasión cuáles eran los principales integrantes de los mercados financieros, y también comenté que en dichos mercados se intercambian multitud de activos: acciones, títulos de deuda pública, bonos y obligaciones, derivados financieros (no preguntéis, ya hablaremos de ellos), etc. Lógicamente, a quien participa en los mercados le gustaría tener información sobre los activos en los que invierte su dinero, y aquí es donde entran en escena las agencias de calificación o agencias de rating.

Las agencias de calificación son empresas privadas que se dedican a valorar los activos que se intercambian en los mercados financieros. Al calificar con una “nota” estos activos, las agencias facilitan la toma de decisión de cualquier persona o entidad que se esté planteando invertir en ellos. De forma simplificada, las calificaciones que pueden imponer estas agencias son las siguientes:
•         AAA: Calidad crediticia máxima.
•         AA: Calidad crediticia muy elevada.
•         A: Calidad crediticia elevada.
•         BBB: Capacidad crediticia adecuada, con riesgo en el medio y largo plazo.
•         BB: Capacidad crediticia moderada, con riesgo a medio plazo.
•         B: Capacidad de devolución actual, con elevados riesgos en el futuro.
•         CCC: Baja calidad crediticia, con claro riesgo de quiebra.
•         CC: Baja capacidad de repago, aunque con posibilidades de remontar.
•         C: Bajísima capacidad de repago, muy próximo a la quiebra.
•         D: Quiebra o suspensión de pagos.

Este código de calificaciones varía ligeramente de una agencia a otra, pero es generalmente aceptado cuando los medios de comunicación se refieren a ellas. Además, las agencias pueden matizar sus valoraciones, imponiendo por ejemplo calificaciones como AA+, A- o BB+ (hay más formas de detallar estas calificaciones, aunque no entraremos en ellas por no extendernos).

Las calificaciones que van de AAA a BBB se denominan “investment grade”, mientras que las calificaciones que van de BB+ a D se denominan “especulativas”, aunque coloquialmente suelen denominarse como “calificaciones de bono basura”.

El problema fundamental de las agencias de calificación es una cuestión de incentivos: el cliente de las agencias, quien les paga, es la entidad a la que hay que calificar (por ejemplo, BBVA es quien paga a las agencias de calificación para que pongan nota a sus acciones). Claramente, las agencias de calificación tienen incentivos para complacer a quien les paga, y la competencia entre unas agencias y otras empeora las cosas: si una agencia no le da a un cliente la nota deseada, este puede contratar a otra agencia de la competencia. Además, para agravar parte del problema, las agencias también ofrecen servicios de consultoría para conseguir mejores calificaciones: así, ingresan grandes honorarios diciéndole a sus clientes cómo conseguir buenas calificaciones y a continuación ganan aún más dinero otorgando esas calificaciones. Parece obvio que si quien pagara a las agencias fuera el que va a invertir en los activos a calificar, la valoración de dichas agencias sería más objetiva.

Dos viñetas de un cómic que hice sobre la crisis de las hipotecas subprime. ¡Muy pronto en sus monitores!

lunes, 4 de febrero de 2013

ÉRASE UNA VEZ UN INSTRUMENTO DE ESPECULACIÓN: LAS VENTAS EN CORTO.


El pasado jueves 31 de Enero tuvo lugar una noticia que seguramente pasó desapercibida para mucha gente: la CNMV puso fin a la prohibición de operaciones bajistas en la Bolsa española, es decir, se levantaba la prohibición a las ventas en corto que estaba en vigor desde julio de 2012.

Seguramente, la principal razón por la que esta noticia ha pasado desapercibida es que la mayor parte de la gente de la calle ignora lo que son las ventas en corto. En realidad, es una operación sencillísima, que constituye además una de las prácticas más comunes de los especuladores. Así que vamos a explicar de forma breve y espero que sencilla en qué consiste la venta en corto.

Si tuviera que definir con una frase en qué consiste la venta en corto sería la siguiente: consiste en vender masivamente algo que no es tuyo para que su precio baje y poder comprarlo mucho más barato.

Imaginemos un gran inversor eslavo llamado Meloyev O'Krud que dirige el fondo de inversión de alto riesgo SPKL. Meloyev ha erigido una inmensa fortuna especulando en los mercados financieros, y decide sacar pingües beneficios especulando con la deuda española. ¿Cómo podría hacerlo con la venta en corto?

1.   En un primer paso, el fondo SPKL pediría prestada una gran cantidad de títulos de deuda española. Necesita muchísimos títulos, así que acude a algún inversor institucional que ande sobrado de ellos, por ejemplo, el fondo de pensiones norteamericano Oldmenareu$, y se los pide prestados. En el momento de recibir los títulos de deuda española en préstamo, SPKL se compromete a devolverle esos títulos a Oldmenareu$ en un plazo determinado, supongamos de seis meses.

A cambio del préstamo, SPKL le paga una comisión a Oldmenareu$ (por ejemplo, 100.000 €).

2.   A continuación, SPKL vende los títulos de deuda pública que le prestó el fondo Oldmenareu$, venta por la que obtiene una enorme suma (puestos a imaginar, supongamos dos millones de euros).

SPKL inunda el mercado con las órdenes de venta de esos títulos, de forma que su precio baja. Para asegurarse de que el precio de los títulos baja aún más, Meloyev utiliza sus influencias en agencias, medios de comunicación e inversores para difundir el rumor de que el Estado español está en graves dificultades, con lo que consigue que muchos inversores se deshagan de la deuda española que tengan en su poder y que su precio baje mucho más.

3.  Cuando pasan los seis meses previstos, SPKL compra deuda pública española en el mercado, que gracias a su intervención está mucho más barata que antes, y devuelve al fondo de pensiones Oldmenareu$ los títulos que le prestó.

Como el precio de los títulos de deuda pública española habrá caído tanto por culpa de la intervención de Meloyev y SPKL, al pasar estos seis meses los habrá podido comprar mucho más baratos, por ejemplo, con un millón de euros.

El beneficio obtenido por SPKL sería la diferencia entre el importe de la venta del paso 2 (2 millones de euros) y el de la compra de los títulos en el paso 3 (1 millón de euros) más la comisión que tuvo que pagar a Oldmenareu$ por el préstamo (100.000 €). En total, 900.000 € calentitos para SPKL.

Espero que haya quedado bien explicado. Si queréis ponerle cara a nuestros personajes, aquí tenéis la adaptación al cómic de nuestra historia:


viernes, 1 de febrero de 2013

HABLEMOS DE IMPUESTOS

El martes, el ministerio de Hacienda hizo pública la recaudación de 2012: 167.731 millones de euros. La cifra le ha servido al ministro Cristobal Montoro para sacar pecho y presumir de haber recaudado lo previsto. Lo cierto es que el ministro hace trampas, ya que incluye entre los impuestos cobrados en 2012 el adelanto a pagos correspondientes a 2013, pero Nuño Rodrigo lo explica mucho mejor en su blog y no es éste el objeto de esta entrada.

En realidad, lo que me apetecía mostrar eran las cifras de recaudación y los porcentajes que representan los distintos impuestos. Para completar los datos, también aporto información referente al año 2002 en el siguiente gráfico (el distinto tamaño de cada círculo es proporcional al importe recaudado en uno y otro año):