lunes, 28 de enero de 2013

COOPERACIÓN Y SOLIDARIDAD EN LA EUROZONA: ¿UN OXIMORÓN? (2ª Parte)


La siguiente entrada es continuación directa de la publicada ayer. Sin embargo, he intentado que ambas partes sean autónomas, por lo que puedes empezar a leer directamente si lo deseas...

SIN POLÍTICAS ECONÓMICAS PROPIAS Y SIN UNA POLÍTICA ECONÓMICA COMÚN DIGNA DE ESE NOMBRE, ¿QUÉ PASÓ EN LA ZONA EURO ANTES DE QUE ESTALLARA LA CRISIS?

Una moneda es un elemento de cohesión fundamental que requiere una estrecha coordinación de las políticas económicas desarrolladas en su área de influencia. Sin embargo, la única coordinación que se ha buscado entre políticas económicas es la que favorece la reducción del gasto público y la competencia entre los distintos países en detrimento de la cooperación entre ellos[1]. De este modo, en la Unión Europea se produjo una paradoja económica: una moneda única entre países enfrentados en una guerra comercial.

Así, desde su nacimiento, en la zona euro se asistió a un aumento de las disparidades entre dos grupos de países con estrategias económicas insostenibles a largo plazo:
•         Los países del norte (Alemania, Países Bajos, Finlandia, Austria) llevaron a cabo una reducción salarial y del gasto público con el fin de ganar competitividad y un superávit de sus cuentas públicas (por ejemplo, entre 2000 y 2007 la importancia relativa de los salarios en el PIB se redujo cuatro puntos en Alemania y cinco en Austria).
En realidad, lo que estaban llevando a cabo Alemania y Austria era una devaluación interna. Uno de los instrumentos más utilizados para ganar competitividad frente a otros países es la devaluación de la moneda, ya que las exportaciones serán más baratas y las empresas nacionales incrementarán sus ventas. Sin embargo, esta medida no se puede llevar a cabo cuando ya no se dispone de política monetaria propia; en este caso, si se lleva a cabo una política muy restrictiva en lo social y en materia laboral que conduzca a una bajada generalizada de los salarios se obtendrán resultados muy similares a los de la devaluación de la moneda: las exportaciones serán más baratas y las empresas nacionales incrementarán sus ventas. Eso sí, este mismo resultado se conseguirá infringiendo un gran sufrimiento a la población.
Esta política no sólo se llevó a cabo a costa de un gran sufrimiento del pueblo alemán y austríaco, sino que también perjudicó a la economía de países como España en la medida en que disminuían sus exportaciones tanto por la pérdida de compradores (la caída de la demanda alemana se dejaba notar en las exportaciones españolas) como por la pérdida de competitividad.
•         Los países periféricos (España, Grecia, Irlanda) alcanzaron crecimientos muy notables, impulsados por tipos de interés demasiado bajos que dieron lugar a burbujas inmobiliarias. Estos tipos de interés tan bajos eran una consecuencia del inadecuado diseño de la zona euro. En un momento en que Alemania necesitaba un gran impulso debido a los problemas que atravesaba por culpa de su reunificación, se bajaron los tipos de interés (siguiendo una política monetaria expansiva, como se ha señalado al principio del artículo).
Sin embargo, en países como España, una bajada de tipos unida a la sensación de seguridad que proporcionaba el euro frente a la peseta dio lugar a un aluvión de capitales que hincharon una burbuja de proporciones colosales. Y no debe extrañarnos lo más mínimo que un aluvión de capitales provoque una burbuja; el dinero es como cualquier bien sólido, líquido o gaseoso: busca la salida más fácil, y es mucho más fácil especular y obtener beneficios inmediatos que poner en marcha una actividad productiva y esperar a que los beneficios cosechados al cabo de los años compensen la inversión efectuada.
Un caso particular sería el de Irlanda, en el que a la formación de una burbuja se sumó la puesta en práctica de un auténtico dumping fiscal[2] para atraer empresas de los países vecinos (como ya vimos en una entrada anterior, mientras que el tipo del Impuesto de Sociedades en España rondaba el 30 %, en Irlanda era del 12 %).

Así, en 2007, justo antes de que estallara la crisis, había países que tenían amplios superávits comerciales: Alemania (7’5 % del PIB), Países Bajos (6’7 %), Finlandia (4’2 %), Austria (3’5 %) y Bélgica (3’3 %) frente a otros que tenían grandes déficits comerciales: Grecia (-14’4 % del PIB), Portugal (-10’1 %), España (-10 %) e Italia (-2’4 %). Se podía decir que los 350.000 millones de euros de superávit de los países del norte financiaban los 256.000 millones de déficit de los países mediterráneos.




Y CUANDO ESTALLÓ LA CRISIS, ¿QUÉ LÍNEAS DE ACTUACIÓN SE SIGUIERON PARA COORDINAR LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS?

Cuando estalló la crisis, para la Troika formada por la Comisión Europea, el FMI y el BCE la máxima prioridad ha sido la reducción del déficit público, sea cual sea la tasa de paro de cada país. Y siguiendo el credo liberal de estos organismos, la reducción del déficit ha de llevarse a cabo mediante la disminución del gasto público, ya que la subida de impuestos desincentivaría el trabajo, el ahorro y la inversión.

Pero las políticas restrictivas que se están implantando en la zona euro se están enfocando desde una perspectiva equivocada. Gran parte de los problemas presupuestarios no son de gasto, sino de falta de ingresos. Antes de la crisis, los países no llevaron a cabo políticas especialmente despilfarradoras, lo que sí que llevaron a cabo fueron bajadas de impuestos en una situación de competencia fiscal. El caso de Irlanda, ya citado en este artículo, es el más paradigmático, pero lo cierto es que en la mayor parte de los países se bajaron los niveles impositivos por miedo a que los contribuyentes más ricos y las empresas multinacionales buscasen otros lugares con impuestos más bajos. Así, en la mayoría de los países se ha suprimido el impuesto del patrimonio y el tipo superior medio de los impuestos sobre la renta no ha hecho más que bajar. Esta revolución fiscal ha aumentado el incremento de la deuda pública, cuyos poseedores suelen ser inversores adinerados, con lo que no sólo se han agravado los déficits públicos, sino también las desigualdades sociales.

Si se quiere llevar a cabo una adecuada coordinación de las políticas económicas en la zona euro, lo acertado sería que los países del norte de Europa, que tienen más margen de maniobra, llevasen a cabo políticas expansivas para compensar las políticas restrictivas de los países del sur. Es más, mientras que la economía de la zona euro no se aproxime al pleno empleo no se debería aplicar una política fiscal global restrictiva.

Y sin embargo, los países del sur han puesto en marcha planes drásticos y draconianos de reducción del déficit público. Como era de esperar, este estrangulamiento del gasto está dando lugar a una fuerte caída de la actividad. En realidad, la única baza a la que se están agarrando los gobiernos de España o Portugal es a pasar por una devaluación interna como la que atravesó Alemania antes de la crisis para ganar competitividad.

Y es que quienes ponen a Alemania como ejemplo se olvidan de un detalle: si toda Europa sigue sus pasos, la ventaja competitiva alemana acabará desvaneciéndose y toda la Unión se sumirá en la depresión. En realidad, la Unión Europea es un ámbito comercial muy cerrado, casi todo el comercio exterior de los países miembros se lleva a cabo con otros socios de la Unión. Con todos los países intentando reducir salarios, la demanda de bienes y servicios será claramente insuficiente para que haya un auténtico crecimiento. Cuando Alemania aplicó su devaluación interna en la década de 2000, tenían un entorno en rápida expansión (a lomos de burbujas, eso sí), el barril de petróleo a unos 30 dólares (hoy está a más de cien) y a los países del sur de Europa endeudándonos y comprando sus coches y lavadoras de forma compulsiva. ¿Qué tenemos hoy nosotros para recurrir a esa política?

Aun así, desde Alemania, hemos de oír cómo se nos dice que la austeridad es una virtud y que no somos tan disciplinados como lo fueron ellos hace diez años. Y ese es uno de los graves problemas a los que nos enfrentamos: para los dirigentes alemanes resulta muy difícil vender a su electorado la idea de que hay que ayudarnos con políticas expansivas después de haber recibido ellos una medicina tan amarga durante los últimos años. Y eso es lo que le ocurre a dirigentes como Ángela Merkel o Wolfgang Schäuble, ministro de finanzas alemán.

Eso, o que todavía creen a pies juntillas en que la austeridad es lo que nos va a sacar de aquí.

Y no sé qué es lo peor.

ACTUALIZACIÓN: Según leo en la prensa, en la cumbre Unión Europea - América Latina que está teniendo lugar en Chile, Mariano Rajoy ha pedido a Ángela Merkel que los países de Europa que puedan permitírselo por su situación fiscal deberían aplicar políticas expansivas para impulsar el crecimiento en la eurozona. Sin duda, que Mariano Rajoy haga estas declaraciones públicamente es un dato muy positivo. Lo que debería hacer a continuación es utilizar todas las herramientas de presión de las que disponga para que esta idea se extienda por los organismos europeos.

Mucho más desalentadoras, como no podía ser de otra forma, es la respuesta de Ángela Merkel, que recomienda a España que aumente sus exportaciones a América Latina. Es decir, más devaluación interna para ganar competitividad y, como está claro que en una Europa con devaluaciones internas por doquier no vamos a poder vender nada, que exportemos a América Latina. Aunque, como siempre, hay que relativizar estas informaciones, emitidas muchas veces para el consumo interno de la opinión pública de cada país.

Y así nos va...


Veladas románticas en Chicago... ¿una imagen del pasado?




[1] Hasta tal punto la creación del euro está alejada de cualquier tipo de espíritu de cooperación que el Tratado de Maastricht no sólo prohibía que los Estados pudieran acudir al BCE para financiarse, sino que también prohibía la asistencia mutua entre Estados (a través de la denominada cláusula de no salvamento), dejándolos a merced de los mercados financieros.
[2] El término dumping se utiliza para referirse a la venta de productos por debajo de su coste, aunque se obtengan pérdidas, con objeto de expulsar a los productos de la competencia del mercado. En términos fiscales, hace referencia a la fijación de tipos impositivos mucho más bajos que los de los países o territorios vecinos para atraer empresas y capitales.

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